Frente a la Educación Especial

La experiencia de una Maestra de Educación Especial al enfrentarse a los retos y dificultades en el aula.

L.E.E. Keren Rebeca Rivas Díaz

"Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida".

Pitágoras

Cuando cordialmente me invitan a escribir sobre la experiencia de trabajar con alumnos sordos, sinceramente, era la primera vez que hacía esa reflexión y sobre todo transferirlo a letras. Lo primero que llegó a mi mente fue plantearme cuál es el significado de “ser docente”, llegando a este punto, concluí  que es arte, ¿por qué un arte? porque es mirar más allá de lo que está a la vista, permite moldear, crear e interactuar, dar y recibir, y eso sucede dentro de las aulas; somos individuos que estamos  formando a otros individuos, transmitiendo y compartiendo conocimientos y valores; somos modelos, al enseñar se aprende y viceversa, dando como resultado un conjunto de herramientas que al final servirán para la vida. Ser maestra de educación especial, ha sido  reencontrarme con mi individualidad y humanidad; quiero decir, es respetar la singularidad y las características de los alumnos con discapacidad o asociadas a una NEE (Necesidades Educativas Especiales), que al igual a cualquier otro ser humano poseen habilidades y retos, y favorecer un contexto que les permita desarrollar su potencial. Ser maestro es ir más allá de todo, no es centrarse en el conocimiento en el aula, es ser humano y entender que el otro, también lo es.

Soy Licenciada en Educación Especial, tengo ocho años de experiencia laboral como maestra de educación especial en USAER (Unidades de Servicio de Apoyo a la Escuela Regular) y en CAM (Centro de Atención Múltiple); al igual,  me he aventurado en el sector privado, el cual me ha brindando retos y satisfacciones. He participado en conjunto con la Comunidad de Sordos (CS) y  Proyecto 28 de Noviembre (grupo de maestras de educación especial), en mi ciudad natal, al promover espacios a través de diversas actividades como Cuenta Cuentos y Teatro en LSM entre otras, todo con el objetivo de favorecer la CS, su sentido de pertenencia y convivencia a través de la lengua de señas, y la sensibilización a la sociedad.

Quiero continuar este significativo texto, compartiendo cómo decidí ser docente “especial”: A la edad de nueve años, aproximadamente, conocí a un niño con Síndrome de Down, fue en aquella época de mi infancia cuando se despertó en mí el interés para que en el futuro decidiera estudiar la carrera de Educación Especial.

En el tiempo que estuve estudiando la Licenciatura, el programa curricular de la carrera me brindó un panorama general sobre las diversas discapacidades e intervenciones, herramientas básicas para enfrentar lo esencial ante la realidad de las aulas. Fueron algunos docentes quienes transmitieron más la pasión de abordar a profundidad cada uno de los temas propuestos en el salón de clases. Por eso, nunca hay que quedarse con un sola versión, siempre se debe conocer las diferentes vertientes, analizar, reconstruir para construir.

 

El Primer Contacto

 

En verdad, no sabía cuál era la fórmula mágica para hacer una intervención en la práctica docente con respecto a los alumnos sordos (u otras discapacidades), sigo sin saberlo, pero sé que es entender que cada sujeto es único, con sus propias complejidades, que somos personas a partir del otro.

Cuando me encontraba ya en mi segundo año de servicio, llegué a una escuelita ubicada en una pequeña comunidad en contacto con la naturaleza. Entre sus aulas se encontraban dos adolescentes uno de once y el otro de doce años, quienes cursaban el quinto grado de primaria regular. A ellos los habían promovido en automático de grado a grado, no contaban con alguna lengua primaria como la Lengua de Señas Mexicana (LSM), mucho menos una secundaria como el español. Se las habían arreglado a su corta edad para darse entender en lo básico y su contexto inmediato. Siendo yo la maestra de apoyo, en esa escuela, me sentía la experta, pues lo aprendido en la carrera lo iba a usar en mi práctica docente, ¡claro! sabía “señas”, material visual, contaba con mis libro de vocabulario en LSM, en la Licenciatura nos había dado clases de “LSM”, el sistema daba actualizaciones del tema, totalmente estaba preparada ¡pan comido! Ingenua de mí, verdaderamente habitada en la calle de la amargura con esquina de la desesperación… eso lo descubriría un tiempo después. Esta experiencia con estos dos chicos, me marcó para mejorar en lo profesional y lo personal. 

 

¡Maestra, se quería lanzar al cenote!

 

Hubo un episodio con uno de ellos, fue el chico de doce años, lo nombraré Ethan, quien en un día durante el receso, accidentalmente se tropezó con un niño del primer grado quien al caerse lloró, sus compañeritos se solidarizaron y señalaron al supuesto agresor con la maestra de apoyo (es decir, conmigo), Ethan, era pues el responsable. Asustado, salió corriendo hacia una brecha que conectaba entre la escuela y parte de la selva que llegaba a un cenote de la región. Los compañeros de Ethan fueron tras él, logran alcanzarlo y lo trajeron de regreso a la escuela; en tanto, pregunté al niño accidentado lo que había pasado, el cual respondió: “choqué con el niño grande y me caí”. Los compañeros de Ethan lo sujetaban de ambos brazos mientras atravesaban la brecha, entonces ellos dijeron: “¡maestra, se quería lanzar al cenote!”, con lágrimas en los ojos, totalmente descompuesto se encontraba Ethan, algo se había quebrado en él. Recuerdo que, entre lágrimas, expresó con dolor: “¡no quiero vivir!, nadie nos entiende (comunicación/entorno), tú eres la única con quien “hablamos”. Estos jóvenes, como había mencionado, estaban cursando la primaria, pero lo hacían como si fueran “muebles”, pasando de grado sin más aprendizajes que les permitiera usar en lo cotidiano, siendo un bulto dentro del salón, sus maestros, por desconocimiento o por falta de interés, tuvieron poca participación. Ellos, en su entorno cercano se “comunicaban” con señas no convencionales, señalamientos, gestos, mímica, que les permitía acceder a lo más básico en cuanto a sus necesidades.

Este hecho me hizo reflexionar sobre ¿cuál es mi rol de ser docente? ¿hasta dónde quiero llegar con los alumnos? ¿qué estoy haciendo con mi práctica docente? ¿la comunicación con mis dos alumnos sordos se está dando con su familia, escuela, comunidad o sólo se está quedando entre ellos y yo?

 

El  Replanteamiento

 

Cada discapacidad tiene su complejidad, cada sujeto, con o sin discapacidad, es diferente, somos iguales por tener la misma fisiología, somos humanos, pero distintos porque tenemos perspectivas, aprendizajes, interacciones, habilidades y desafíos a partir de esa singularidad. Respetar esa individualidad da oportunidad a una intervención asertiva. Yo no sabía nada con respecto a la educación de sordos, lo que decía haber aprendido en la Licenciatura o dentro del sistema, estaba lejos de ser así.

La responsabilidad del docente hacia sus pupilos no es solamente la de transmitir conocimientos, es verlos como sujetos individuales, diferentes y con necesidades particulares; el alumno sordo, requiere de un modelo en su propia lengua. Actualizarnos y capacitarnos, debe ser un hábito; replantearnos las ideas es indispensable. Compartir con otros especialistas, enriquece y mejora la práctica.

El alumno sordo pertenece a una comunidad, que es la comunidad sordos, también a la cultura sorda, tienen su idioma que es la lengua de señas, la cosmovisión o perspectiva de su contexto es visual-espacial (en el oyente es sonora-verbal),  así es como reciben información y dan respuesta manual.

La realidad en que viven las personas sordas inmersas en un mundo oyente, es más importante la perspectiva médica que la humana, no me imagino estar aislada en la comunicación. Eso sucedió con Ethan, privado de una lengua, de sentir que pertenece a una comunidad, de tener una identidad,  de expresarse y que su contexto le diera información.

La sordera es quizá una discapacidad que “no se nota” y, con ello, a veces se cree que no existe gran problema en el desarrollo y forma de vida de las personas sordas; sin embargo, se encuentran aislados en lo social y psicológicamente del mundo y de la información, aunque no existan diferencias biológicas y fisiológicas entre una persona sorda y una oyente respecto a su desarrollo, en general no reciben la  información como el oyente, quien desde el vientre materno o nacimiento recibe estímulos de su contexto a través de la lengua oral, de la información sonora. El sordo se ve limitado a esa estimulación que debiese tener desde bebé. Esto enfrenta a la comunidad sorda a un mundo desconocido que los hace más vulnerables, ya que, tardíamente tiene contacto con su propia lengua (LS). Como menciona la Mtra. Fabiola Ruíz Bedolla:

 

“Uno de los problemas que las personas con sordera enfrentan en su vida, es la falta de contextos escolares adecuados en los cuales predomine la adquisición de una lengua natural y de fácil acceso como lo son, para ellos, las lenguas de señas. Del mismo modo, su uso puede fomentar contextos familiares, sociales y laborales más sanos, ya que fomentan la integración, pertenencia e identidad a un grupo, así como el desarrollo de habilidades cognitivas, sociales y afectivas esenciales”.

 

No es fácil que se dé la comunicación en LSM (Lengua de Señas Mexicanas) entre la persona sorda y su familia (que generalmente es oyente). Los oyentes nos preocupamos más por cuestiones que creemos deben ser aprendidas y dejamos de lado sus verdaderas necesidades y por ello seguimos abandonándolos en ese aislamiento en lugar de ayudarlos a romper las barreras que les impiden seguir aprendiendo, pero contemplamos desde fuera esos grupos sin involucramos, porque finalmente los seguimos viendo ajenos a nosotros y perdemos la oportunidad de conocer, compartir y profundizar más en ese mundo silente que podría ser fuente de aprendizaje para ambas partes. Es ahí donde radica la importancia de reconocer al sujeto como ser único y ejercer el derecho de ser sin que el entorno sea un obstáculo, al contrario, debe ser el contexto lo que facilite ese desarrollo integral del individuo.

He aprendido que en el discurso de la “palabra” está la existencia de ser sujeto, es en el lenguaje que nos construimos y estructuramos, existimos.


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